Me desperté sintiendo como si el peso de todo mi cuerpo pelease contra mis ganas inexistentes de hacer algo productivo el día de hoy.
Al cabo de unas horas reuní la determinación necesaria para poner un pie delante del otro, y otro, y otro. Así caminé hasta el baño.
Y en el baño me esperaba el mismo de siempre. El mismo tipo de ojos caídos y nula sonrisa, de cabello desprolijo y rostro afligido. El reflejo de todos los días, inmutable, desapacible. Era un yo cansado de ser.
Antes de deprimirme más de la cuenta puse un pie en la ducha y dí un giro a la manecilla de agua fría, y siete giros completos a su opuesta.
Comenzaban a viajar a través de la sala el vapor junto a mis ideas, pues era por alguna razón mejor pensador estando allí.
Y entre tanto divagar me puse a pensar en cada una de las minusculas gotas de agua chocando contra mi piel a la vez. Eran todas cálidas, efímeras, fugaces. Eran tantas que se confundían como un solo manto de fervor sobre mi cuerpo.
¿Por qué anhelaba tanto el calor? ¿Por qué lo haría cualquier otro ser humano? En mi vida corta he conocido a muchas personas, y si tuviese que pensar en algo para unirlas sería esa necesidad fronterizamente fisiológica de sentir un ardor ajeno, algo que estremezca ese sentido del tacto y nos recuerde que es cierto que seguimos aquí, que seguimos siendo.
¿Sería solo yo el único en la persecución fútil de esa sensación? ¿Será que al sentir el chorro de agua caliente deslizandose por mí estoy aceptando mi derrota en esa busqueda de afecto?
Entonces salí de la ducha antes de poder llegar a una conclusión, pues si la duda me aterraba su eco me destruiría