Pandora nació sin llorar, y eso era peculiar ya por si solo. Pero lo que siguió en su vida acabó tornandose mucho más extraño.
La niña no sentía nada, literalmente. La pobre chica era incapaz de expresar emoción. Jamás iba a conocer el sentimiento del amor… Uno pensaría que eso es una tragedia, pero no ella. A ella no le importaba, nada le importaba porque no podía importarle.
Creció para convertirse en una hermosa mujer. Hermosa y solitaria claro, pues no había mucho que amar en alguien insensible en el total sentido de la palabra. A Pandora no le molestaba no sentir, no lo sentía dirían algunos; pero en un día de esos sus compañeros de trabajo lograron que la muchacha intentase hacer algo al respecto.
Puso entonces sobre su escritorio una pequeña cajita rosada, y en ella pediría a sus clientes donar toda emoción de la que ellos quisiesen deshacerse. Trabajando en una boletería era el destino de la cajita ser vista por cientos sino miles de personas. El proceso tardó varias semanas, pero poco a poco los papeles escritos con sentimientos a montones comenzaron a llegar.
El problema es que la gente común no se deshace de cosas que les hacen bien, por lo que la caja contenía tristeza, ira, miedo, envidia e infinidad de pequeños trocitos de papel con la fuerza para romper el corazón de Pandora en mil pedazos. La hicieron llorar durante días, semanas. Se sentía mal sentir. Era tan deplorable su situación que captó ella la atención de un buen señor, un anciano de pinta amable que en la caja dejó lo que a Pandora tanto le faltaba: Felicidad, amor, diversión, tranquilidad y muchas otras más.
Por un buen par de meses fue feliz en verdad, tan feliz estaba que no tardó en encontrar a alguien con quien compartir esta nueva adicción. Juntos rieron y rieron, y amaron y soñaron.
Pero todo lo bueno tiene su fin, y el principio del de pandora atravesó la puerta de su trabajo bien temprano un día viernes.Era aquel generoso anciano quien hacía tiempo le había dado a ella una integra de si. Era él, pero cambiado. Sus ojos rojos y humedos miraban a la mujer suplicandole clemencia. Sin decir una palabra ya sabía Pandora lo que debía hacer, aún por mucho que le doliese. En aquel instante sacó la chica la cajita rosada, ahora polvorienta y repleta, de su cajón. Tomó en sus manos el papel de sus esperanzas, y cuando el viejo hombre acercó a tomarlo Pandora se aferró a él con toda la fuerza de las yemas de sus dedos, pero acabó renunciando a él para darselo a su dueño original, quien no pudo agradecerle lo suficiente, quien no paraba de pedir su perdón de rodillas.
Tardó Pandora en comprender porque el hombre anhelaba su perdón. Era debido a lo que ocurriría al intentar vivir sin aquellas sensaciones. Ya no sentía felicidad donde antes lo hacía. Incluso el ver el rostro de su amado no alcanzaba para hacerla sonreír.
Su novio, sin comprender del todo el predicamento de la pobre, ofreció su propia felicidad sin dudarlo; pero Pandora se negó a verle sufrir de su misma manera en que ella sufría. Pandora sabía que solo podía hacer una cosa para enmendar su problema.
Entonces volvió a sacar la cajita de su trabajo, y subió al piso más alto de su edificio para correr esporádicamente a la ventana. Allí aventó al cielo la caja, y así volaron agraciadamente los pequeños trozos de papel por el aire a medida que extraordinariamente las lagrimas en los ojos de la muchacha se evaporaban.
Ya nada volvería a hacerla sonreír… Nada volvería a hacerla sollozar